Mes: junio 2016

LA GESTIÓN EMOCIONAL… ¿SABEMOS ENCAUZAR NUESTROS SENTIMIENTOS?

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No solemos estar acostrumbrados, ni tan siquiera tener claro, si lo que sentimos en un momento determinado, es en realidad adecuado o proporcionado a la situación. Aprobar o suspender un examen importante, enamorarse o un desengaño amoroso,… en fin, la mayoría de las experiencias que hemos tenido en la vida nos generan toda una serie de sensaciones de mayor o menor grado.
Sin embargo, no se nos enseña a encauzar los sentimientos de una manera adecuada y esto tiende a dificultar el desarrollo de nuestra felicidad, especialmente cuando la lógica que impera no es la del sentido común, sino la del prejuicio (“los niños no lloran”, “las niñas son más dulces”, “pedir perdón es un signo de debilidad”), con la penalización moral  y social que ello conlleva.

Los prejuicios no son sino mitos, falsas creencias acerca de cómo funciona el ser humano. Se nos suele educar para moderar lo que sentimos porque a veces se cree que:

– Abrirse a lo que uno siente (positivo o negativo) nos hace más vulnerables a los demás.
– Mostrarse reprimido y contenido en tus emociones es signo de ser una persona equilibrada.
– Lo que expreses no te define como persona.
– Hay que saber separar lo emocional de lo racional, el “corazón” y la “cabeza”.

Estos 4 mitos no sólo son falsos, sino que además condicionan en gran medida la forma en la que desarrollamos nuestro autoconcepto, y por supuesto, nuestra autoestima.
Cuando uno por fin es capaz de expresar aquello que siente, que le oprime, experimenta una especie de liberación (especialmente si lo hace ante la persona adecuada). Y cuando en determinadas situaciones uno se deja llevar por el corazón, la cabeza siempre le acompaña. No podemos separar lo emocional de lo racional con tanta facilidad porque somos un todo, y real y paradójicamente quizás no haya nada más irracional que negar los sentimientos.

¿Cuáles serían las expresiones adecuadas? No hay una respuesta única, ni verdades universales, salvo aquellas relacionadas con el derecho a la defensa de (valga la redundancia) los propios derechos y la obligación de respectar los derechos de los demás. Lo cierto es que existe un abanico de posibilidades perfectamente válidas y adecuadas no sólo a la situación concreta, sino también a nuestra manera de ser y entender la vida (lo que comúnmente denominamos “nuestros valores”).

ENFADO O IRA.
No es otra cosa que el derecho a la pataleta. Es la expresión no sólo del desacuerdo con algo o alguien (cuando defendemos según qué cosas, podemos sentirnos algo irascibles), sino además la respuesta a una ofensa personal.
Somos humanos, con lo cual debemos recordar que en momentos de enfado es muy probable que se nos pueda pasar de todo por la cabeza (lo siento, pero me muestro muy excéptica cuando alguien intenta convencerme de que Ghandi nunca llegó a enfadarse hasta el extremo de pensar alguna barbaridad). Los pensamientos ante estas situaciones, no te convierten en peor persona. Sólo te converten en…persona.
Es una sensación además productiva, en el sentido en que si somos capaces de aceptarla como parte de nosotros, también seremos capaces de aprender a transformar la ira en enfado, y éste no lleve progresivamente a la búsqueda de una solución al problema.

TRISTEZA.
Cuando pasamos por un bache, a veces tenemos la sensación de que siempre contamos lo mismo, que no hacemos sino agobiar a los demás con nuestras cosas. Sin embargo, cabe recordar que si se trata de esa persona adecuada, no sentirá agobio: escucha, consuela y al final se acaba hablando de algo diferente, y hasta podéis reiros juntos de aquello que te preocupaba tanto.
El llanto es desahogo, no ahogo. No hay que esperar en cambio que nadie solucione tus problemas, eso es algo que sólo nos compete a nosotros mismos. Una cosa es desahogar con alguien, y otra intentar implicarle en el problema.

ALEGRÍA
¿Quién puede penalizar la expresión de alegría? pues se hace, desgraciadamente. ¿Cuál será de nuevo la persona adecuada?Será alguien que te consuele en tus penas, y sea capaz también de felicitarte y reír contigo ante tus alegrías.
Todos poseemos ese derecho: a tener esos momentos de felicidad incontenida.

A modo de conclusión, recordemos que poseemos necesidades de diversa índole (fisiológica o psíquica), pero  lo cierto es que uno se siente “completo” en su vida si es capaz de encontrar un conjunción óptima entre lo que aporta a los demás a nivel emocional, y lo que recibe.

MEDIOS DE COMUNICACIÓN Y OBEDIENCIA A LA AUTORIDAD

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¿Son los medios de comunicación una “autoridad”?

A lo largo de nuestra historia más reciente, se ha venido cuestionando hasta qué punto influyen en nuestros comportamientos (o más bien en nuestras actitudes) los mensajes difundidos desde los medios de comunicación (prensa escrita, radio, televisión…y ahora también internet).
¿Influyen tanto sobre nosotros realmente? ¿Somos tan susceptibles a la manipulación? Lo que parece más lógico es pensar que si actuásemos de tal forma ante la información dada en los medios es porque los consideramos una fuente de autoridad.
Esto implica por tanto que cualquier persona, al menos en nuestra cultura, podría actuar de una forma tal que jamás podría haber imaginado, siempre y cuando la información que procese como válida le llegue de una fuente de autoridad.

Ejemplo de lo que intento exponer podríamos encontrarlo en el experimento que Stanley Milgram, de la universidad de Yale llevó a cabo tras la sentencia a muerte de Adolf Eichmann, acusado de crímenes contra la humanidad llevados a cabo durante el régimen de la Alemania nazi, en 1961. Milgram partía entonces de una hipótesis: ¿obedeceríamos órdenes aun cuando éstas estuviesen en conflicto con nuestra ética personal? Y en 1963 llevó a cabo un experimento que le llevó a concluir que cualquiera podría llegar a ser extremadamente cruel con nuestros semejantes si se pudiese amparar en que la toma de dichas decisiones reposaba en otra persona considerada de autoridad.es.wikipedia.org/wiki/Experimento_de_Milgram

El “Juego de la Muerte” en la televisión francesa
En el año 2009 se estrenó un documental acerca de una situación experimental, emulando a S.Milgram, en el cual unos concursantes iban a participar en un supuesto programa piloto con público. En dicho programa, la recompensa sería de 1 millón de euros para los sucesivos concursos, aunque en el piloto, se les decía que no habría premio alguno. Tanto las persona que iban a hacer de concursantes, como el público, desconocían que se trataba en realidad de un experimento, y por supuesto, no estaban al tanto de la verdadera intencionalidad de su participación.
Se les decía que trataba de una prueba de memoria entre 2 personas para repartirse el millón de euros: uno debía memorizarse 27 asociaciones verbales en un minuto (se trataba de un actor que simulaba ser un concursante más); el otro tenía que comprobar si lo sabía de memoria. En caso de que no lo supiera, tendría que aplicar un castigo consistente en una serie de descargas eléctricas cada vez más fuertes.
Lo cierto es que demasiados concursantes hubiesen llegado a matar a esa persona si la descargas hubiesen sido reales. Y como dato curioso, una de las concursantes era la nieta de una de las muchas personas que sufrieron en su propia piel la experiencia de los campos de exterminio nazi.

Sólo quisiera terminar con una reflexión que abordaremos más adelante ¿existe la posibilidad de vencer dicha manipulación?