Mes: mayo 2014

CUÁNDO APRENDEMOS A SENTIR INDEFENSIÓN

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 Necesitamos sentir que controlamos nuestra vida.
El ser humano tiende a necesitar sentirse no sólo útil para sí mismo, sino también para los demás, y poder conformar así la propia autoestima. Necesitamos además sentir que se posee un cierto grado de control sobre la naturaleza, sobre el ambiente que nos rodea. Esto no significa ni implica que con ello podamos caer en la afirmación de que por eso se explica que vivamos en una sociedad donde unos controlan a otros como si de una tendencia natural se tratara, sino más bien al contrario. Si de algo nos dota la experiencia con prontitud es precisamente de la comprensión de que existen toda una serie de variables con las que hemos de aprender a convivir para poseer una calidad de vida óptima. Y una de esas variables, no es otra que el azar.
Por ejemplo, por mucho que avance la ciencia meteorológica, no siempre se va a poder predecir a ciencia cierta y con exactitud el tiempo que hará mañana.
Este ejemplo es una muestra de que efectivamente, esto es una de las primeras cuestiones que aprendemos cuando empezamos a manejarnos entre una ciencia: no se puede hablar de exactitud, sino más bien en términos de porcentajes, de tal forma que cuando afirmamos que un fenómeno X es debido a una variable Y, en realidad lo que afirmamos es que hay un porcentaje de probabilidad lo suficientemente alto como para determinar que X tiene lugar gracias a Y… pero también hay un porcentaje de probabilidad (aunque poco elevado) que nos indica que pueden existir otra serie de variables que pueden estar mediando, incluyendo la probabilidad e azar, especialmente en lo referente a la relación con otras personas.
Y ante este hecho, no deja de existir quien opine que no existe el azar, sino el destino, que aunque sea indemostrable, al menos no genera tanta sensación de incertidumbre. Sin embargo, si esto fuese así (que el destino es la explicación a hechos impredecibles o con poca probabilidad de ocurrencia), ¿de qué valor estaríamos dotando pues al esfuerzo por conseguir los diversos logros a lo largo de nuestro ciclo vital?

¿CUÁNDO APRENDEMOS A SENTIRNOS INDEFENS@S?

Imaginemos una situación de nuestra vida cotidiana que supuestamente deberíamos manejar con un cierto grado de control… ¿qué podría suceder si de pronto tomamos consciencia de que nada de lo que hagamos parece tener efecto sobre las consecuencias?
1- Que no estemos dotad@s de las estrategias necesarias para hacer frente a esa eventualidad. Por ejemplo, cuando un amigo con el que nunca hemos discutido, de pronto nos contesta a gritos, o como cuando en el colegio se nos informa de una actitud de nuestro hijo, la cual es totalmente diferente a la que observamos en casa…. necesitamos tomarnos nuestro tiempo para reaccionar.
2- Que sean cuestiones relativas al azar las que hayan poseído un mayor peso que nuestro esfuerzo. Por ejemplo, cuando nos hemos preparado una presentación de manera exhaustiva, pero el día que tiene lugar la misma enfermamos, o llegamos tarde por un atasco.
3- Que sean otras personas quienes nos impidan avanzar. En este caso y cuando se repite en el tiempo, hay una elevada probabilidad de generar el fenómeno de Indefensión Aprendida.

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CÓMO ACTUAR ANTE EL SENTIMIENTO DE INDEFENSIÓN
En primer lugar, cabe preguntarnos ¿por qué es necesario saber de dónde viene el origen de esta sensación?
No siempre se hallan respuestas en el origen (e incluso no siempre se halla el origen a todo lo acontecido), pero sí que es cierto que en su búsqueda podemos ir encontrando pequeños acercamientos al porqué, lo cual nos dota progresivamente a su vez de mayor sensación de seguridad en nosotr@s mism@s.
Habría que partir de la base de que no somos grandes expert@s, sino etern@s aprendices. Sólo con el mantenimiento de esta actitud, habrá mayor probabilidad de no caer en el sentimiento de culpabilidad por no haber conseguido un determinado logro.
Cuando dejamos de dotarnos del grado de “experto en”, somos conscientes de que cuanto más sabemos, de más información carecemos. Es decir, si ante una determinada situación no hemos sabido reaccionar adecuadamente, o nos hemos sentido paralizad@s, quizá es por no haber poseído toda la información necesaria para haber podido actuar en consecuencia.
Esto no nos exime de responsabilidad, pero sí en muchas ocasiones, de culpabilidad.

LA GESTIÓN DE EMOCIONES DESAGRADABLES

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Cuando hablamos de la importancia de incidir en una educación emocional, puede estar dando la sensación de que lo que sucede es que no se educa en emociones… lo cual es absolutamente falso.
Hemos de recordar una vez más que si hay algo de lo que no podemos escapar es de la educación, del propio proceso de aprendizaje. No es un acto siempre voluntario, en ocasiones, se desarrolla como parte de nuestro proceso de adaptación, o bien a través de la observación de modelos, o bien a través de la creación de ideas que nos permitan adaptarnos adecuadamente. Estos procesos pueden darse de manera inconsciente, sin mediar la voluntad.
Por lo tanto, en todo momento estamos educando y al mismo tiempo aprendiendo de la realidad que nos rodea. De hecho necesitamos encontrar un sentido a dicha realidad (de lo contrario podríamos vivir en un estado permanente de indefensión aprendida al tener la sensación de estar moviéndonos en un entorno incierto y poco predecible) y lo hacemos de manera profundamente activa, de tal forma que cuando hay algún asunto o estímulo que se escapa de nuestro entendimiento (probablemente por carecer de la suficiente información), procuramos buscarle sentido aportando datos de nuestra propia experiencia.

En lo que respecta a las emociones, en función de nuestra propia tendencia o estilo de pensamiento, cambiará tanto la forma, como el fondo de aquello que se nos esté presentando. Es decir, si entendemos o partimos del prejuicio de que vivimos en un mundo hostil, hay mayor probabilidad de que el sentido que le demos a cualquier situación, o la interpretación que hagamos de la misma, sea con una tendencia agresiva, a la defensiva. Si por contra, mantenemos una postura más optimista, la tendencia a interpretar la misma situación estará probablemente más centrada a entender el motivo y actuar en consecuencia de una manera mucho más asertiva.

En todo caso, necesitamos considerar 3 aspectos fundamentales:
1/ La intensidad con la que cada persona siente (existen grados, lógicamente en función de las propias diferencias individuales)
2/ Los patrones de expresión emocional que hemos observado y con los que hemos convivido.
3/ El momento del desarrollo en el que nos encontramos.
EXPRESIÓN EMOCIONAL
Lo cierto es que CONSTANTEMENTE estamos educando en emociones, más incluso a través de nuestra actitud ante la vida que a través de lo que “decimos que hay que hacer o sentir”.

LA EXPRESIÓN DEL ENFADO O LA IRA
La expresión de emociones de índole negativa suelen ser con mayor frecuencia penalizadas e incluso coartadas.
Y para que evolucione el proceso de manera adecuada, necesitan ser expresadas, salir fuera, según el momento evolutivo en el que se halle el individuo. Por ejemplo, ¿por qué no permitir mostrar enfado a un@ niñ@ pequeñ@? Cierto es que a las personas que le rodean puede resultarnos molesta dicha expresión (lo que denominamos comúnmente como rabietas), pero no significa que debamos frenarlas a toda costa. Evidentemente habrá diversos grados y dependerá también de la medida en la que incluso puede resultar perjudicial para es@ niñ@ (especialmente ante una expresión exacerbada en la que puede llegar a hacerse daño a sí mism@ o a otras personas), pero el primer paso que quizá deberíamos plantearnos es el de la empatía: ¿qué ha hecho que se enfade? ¿tiene derecho a enfadarse, teniendo en cuenta su momento del desarrollo y su propia emotividad?… y a partir de ahí, obrar en consecuencia. Cada niñ@ expresa sus emociones con los recursos de los que dispone en ese momento evolutivo y que le permite su propio grado de desarrollo cognitivo.

Imaginémonos… ¿cómo nos sentimos nosotr@s ante una frustración? Cuando tenemos un objetivo que deseamos conseguir y no lo logramos, no por falta de esfuerzo por nuestra parte, sino porque hay alguien que externamente nos impide conseguirlo. ¿Qué nos hace sentir esta situación? Frustración, enfado… incluso ira hacia esa persona. De hecho, no hace falta imaginarse una situación “hipotética”, ya que desde luego hay expresiones de inmensa ira por parte de personas adultas. Son expresiones que de hecho suelen resultar a su vez muy desagradables para las personas que las perciben, así como para la propia persona que las manifiesta, que constantemente desearía poder controlar semejante sensación de “estar fuera de control”.

LA EXPRESIÓN DEL MIEDO
¿Sería deseable no sentir miedo? Evidentemente, la respuesta es NO. Todo va a depender en gran medida de la intensidad del miedo, así como de las consecuencias que experimentamos tras esa sensación.
Necesitamos el miedo para no exponernos a estímulos o situaciones que puedan resultar un peligro potencial para incluso nuestra propia vida. Es esa cautela que mantenemos ante la posibilidad de que algo nos pueda causar daño, tanto a nosotros mismos, como a alguien de nuestro entorno más cercano.
Por ello no deberíamos penalizar su expresión, ni ridiculizarla cuando la observamos en la infancia: lo desconocido tiende a generar de manera innata dicha sensación, así como la privación de algún estímulo (de ahí que frecuentemente se produzca miedo a la oscuridad).
Para apoyar y ayudar a un@ niñ@ a aprender a gestionar sus miedos:
1) Ayudarles a aceptarlo mostrándoles nuestra comprensión.
2) Procurar NO utilizar el miedo como herramienta para lograr nuestros fines individuales (por ejemplo, atemorizar con el “coco”, el “hombre del saco”, el “lobo feroz”, etc…). El motivo no es otro que de esta forma le atemorizamos con cosas que no puede llegar a comprobar nunca por sí mism@, puesto que no existen, lo cual puede llegar a degenerar en el posterior padecimiento de miedos inespecíficos e irracionales.
3) Hacerle entender que esa sensación es común para todos los seres vivos, porque incluso tú mism@ sientes miedo.